El vino que no es de guarda, no es vino

Paren la mano los que están pensando en encontrarme a la vuelta y darme lo que merezco. No merezco nada porque el título de la columna es una frase tomada de don Michel Rolland, que la lanzó en una cata de sus vinos que hizo días atrás en exclusivo hotel de Buenos Aires.

Por Alejandro Maglione.

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Los presentes lo oyeron e hicieron mutis por el foro. Existe un errado concepto de que los “grandes” en lo suyo aciertan hasta cuando dicen pavadas. Pero aún, pueden llegar a pensar que por ser quienes son, no dicen pavadas. Grave error.

En este caso Rolland, un obrero del vino de guarda, hizo como que no se dio cuenta que comenzaba por pasarle el trapo a la Borgoña francesa, donde uno de sus vinos íconos es el popular y afamado “beaujolais nouveau”, un vino del año por excelencia, elaborado en la tierra de estupendos vinos como los blancos de Chablis, el Grand Auxerrois,  Tonnerre, Joigny, Vézelay, Côte de Nuits, Hautes Côtes de Nuits, Châtillonnais, Côte de Beaune, Hautes Côtes de Beaune, Côte Chalonnaise, Couchois y Mâconnais. (Alguna vez, llegando en automóvil a Burdeos viniendo de la Borgoña, un colega de Michel me dijo: “qué bueno, resolvió venir a tomar los buenos vinos franceses…”)

En muchos buenos terruños del mundo, comenzando por nuestro país, se suelen exaltar los vinos blancos “del año”. Esos vinos fáciles de tomar, sin vueltas ni remilgos, que reciben un hielo con gran sentido de la hospitalidad y si al bebedor se le antoja y el calor del verano aprieta, un sifonazo lo predispone para que las copas sean más de una.

Hay mucho temor, mucho, de decir algo que pueda contrariar a Rolland (como lo extraño a Ricardo Santos), lo cual es una tontería, porque el mercado consumidor de vinos que llamamos “entry level” se puede confundir más de lo que ya nos hemos ocupado de confundirlo en estos últimos 20 años, con el impecable resultado de que se despeñara  el consumo brutalmente.

Michel es un ENORME enólogo, que colaboró en gran medida a posicionar mundialmente el vino de la Argentina y eso no lo podrá negar nadie nunca. En muchas notas  he refrescado la memoria a algunos viñateros locales acerca de que cuando él aterrizó en Mendoza por primera vez,  se horrorizó de ver que se estaban arrancando las viñas de Malbec de cientos de hectáreas. Fue él también que nos dijo y le dijo al mundo: “esta es la cepa insignia de la Argentina”.

El párrafo anterior es para que no queden dudas de qué pienso de Rolland como profesional. Lo que aquí pretendo observar es que hay otra cara de este gran enólogo, que es pícara, si se quiere graciosa, pero nunca casual: sus frases chispeantes, insolentes, no se le escapan. Él sabe que cada cosa que diga y que tenga alguna relevancia, va a ser viralizada.

Y lo que debemos hacer los que nos gusta comunicar la verdad de la milanesa, es aclararle a la gente no muy avisada es que en su caso, como en el de tantos otros, “cada cual atiende su juego”. Lo que comercialmente no está bien es hacer comentarios derogatorios sobre una franja de vinos que ni sueña competir con los que él elabora alrededor del mundo.

Concluyo: los vinos frescos, del año, no solo son vinos, sino que son, sin duda, el peldaño por el que se comienza a beber vino, para con el correr de  los años y la buena fortuna, ir ascendiendo en la escala y poder llegar a tomar vinos como los que hace Rolland, entre tantos otros estupendos vinos de guarda que se elaboran en nuestro país.

Por eso, el consejo, si es que se puede llamar así, es: cuando nuestra opinión es “pesada” y tomada en cuenta, hay que ser prudentes y tener conciencia del daño que se puede hacer, a veces sin proponérselo. Quiero pensar que ha sido el caso de Michel Rolland.